Misión cumplida: 3ª en Banyoles

No sé muy bien cómo empezar esta crónica. Intentaré hacerlo desde el principio sin alargarme mucho...


Hace ya unos cuantos años que vivo desvinculada del mundo de la natación, un deporte que me lo dio todo, sueños y decepciones que te enseñan que la vida no es fácil ni justa, pero que todo depende de la perspectiva con que lo mires. Podría decir que la natación me ha enseñado más cuanto más alejada de ella he estado. Ahora valoro cosas que antes carecían de importancia y la ilusión con la que vivo el deporte actualmente nada tiene que ver con el pasado. Tenía razón mi padre cuando después de las grandes competiciones me decía: "Cuando seas mayor y ya no nades, valorarás todo lo que has conseguido, todo lo que has hecho y todo lo que has aprendido". Cuánta razón tenía...


Ya he comentado alguna vez que cuando empecé con el triatlón quería divertirme, conocer esta modalidad con otra visión diferente a la del deporte de alta competición. Y logré hacerlo los primeros años. No imaginé que algún día podría disputar un Campeonato de España y lucharlo o que volvería a estar seleccionada para ir a un Campeonato de Europa. Y menos, volver a subir al podio en un Campeonato de España.


Con el paso del tiempo, ha ido volviendo mi "yo competitivo" y mis ganas de superarme y ser mejor deportista. Este año cambié de entrenador. En diciembre me fui con Jaime para afrontar unos objetivos ambiciosos:


- luchar por el podio en el Campeonato de España Sprint

- puntuar en 3-4 copas de Europa que quería correr

- hacer top10 en el Campeonato de España Olímpico


Ahora pueden parecer fáciles, pero no lo eran este invierno.


Como contaba el otro día, llegaba a Banyoles tras un verano dedicado al triatlón. Venía dispuesta a luchar por conseguir el podio, aunque es cierto que cuando vi a Miriam en la lista de salida empezó a complicarse el tema...


Sabía que era posible, que tenía que jugar bien mis cartas y sobrellevar el calor. Podía salir bien o podía hacer el vigésimo puesto, pero eso no era lo importante. Lo importante era que esta carrera era un premio, que mi temporada había cubierto más que de sobra mis expectativas y que venía a disfrutar y luchar por estar delante sin centrarme en un resultado, algo que me recordó Jaime antes de la salida para quitarle un poco de tensión a mis nervios.


La prueba no empezaba como me hubiera gustado. Nadando no me encontraba muy allá y, aunque trataba de corregirlo, no paraba de abrirme hacia la izquierda dando un rodeo bastante grande –me he dado cuenta de que se debe a la molestia que tengo en el hombro derecho y que me "impide" nadar haciendo fuerza–. Salía del agua liderando un grupito de seis chicas que nos uniríamos en la bici.


Al principio trabajamos Miriam, Marta y yo. Parecía que el resto no estaba muy por la labor, así que tratamos de organizarnos durante alguna vuelta.


Para que os hagáis una idea de la situación... para "forzar" que alguna triatleta entrara en el rol, tenía que dejarme caer, sin pedalear, y abrir cinco metros con el grupo para que ella decidiera ponerse a rueda y, así, yo ponerme detrás, de manera que cuando le tocara no tuviera más opción que ayudar al grupo.


No lo critico. Están jugando sus cartas al quedarse atrás, una actitud que a mí, personalmente, no me gusta, pero que entiendo.


Las tres que poníamos ritmo al grupito, cansadas de la situación, decidimos ponernos de acuerdo y trabajar para nosotras. Esto es un juego y cada uno juega según sus cartas. ¡Apostamos duro! En la quinta vuelta de seis, justo antes del repechito de la ermita, lanzamos un ataque y nos fuimos las tres. Entendimiento al 100%, disfrutando de la buena compañía y rodando rápido y sin pausas. Yo, como deportista, lo disfruté un montón. La sensación de poder ir organizadas sin ir a tirones fue genial.


Tocó bajarse de la bici y poner el turbo para correr...


Reconozco que llegaba un poco "acoj...". Entre que diez kilómetros se me podían hacer largos y que sabía que iba a hacer un calor horrible –cosa que no llevo nada bien–, no estaba muy segura de cómo correría.


Salí de boxes detrás de Miriam. Impensable intentar seguirla. No sólo porque viene de los JJOO, sino porque es una grandísima corredora. Por tanto, salí a mi "tope" constante.


"Sonríe. Puedes luchar por la plata. El trío de Anna Godoy viene a minuto y medio"... es lo único que entiendo de lo que me canta Jaime cuando paso a su lado. Le sonrío con las fuerzas justas. Hago mi cálculo rápidamente y llego a la conclusión de que la lucha, probablemente, sea por el bronce, pero la carrera era larga y, con calor, podía pasar cualquier cosa.


Van pasando los kilómetros y sigo atenta, sin despistarme. Marta estaba muy pegada a mí y no podía aflojar.


A partir del kilómetro cinco veo que empiezo abrirle un poco de hueco y veo a Anna muy cerca. Jaime sigue cantándome cosas pero no me llega la información al cerebro. Sólo pienso en no aflojar. En la última parte de la segunda vuelta –de tres–, Anna me adelanta. Aunque durante dos zancadas hago amago de engancharme, prefiero seguir a lo mío. Van demasiado rápido para mí.




La última vuelta empieza a hacerse dura y las fuerzas empiezan a fallar. Por más agua que me tiro, no refrigero. Pensaba que no llegaba, a pesar de estar únicamente concentrada en mantener el ritmo: ni aflojar ni apretar... Cuando enfilo la línea de meta, una felicidad inmensa se apodera de mí. Lo de Águilas no fue casualidad... "Estaba en el cotarro"...


Llegaba tercera. ¡Era un "imposible" cumplido! Entré en meta con los brazos arriba, como si hubiese ganado la competición más importante del mundo...


Poder compartir este momento con mi padre, Elías y Jaime, es algo muy importante para mí y que hace que lo disfrute con más intensidad.


Ahora, con todo lo que os he contado, seguro que entendéis por qué mi sonrisa irradia tanta felicidad...


¡Soy como una niña con juguete nuevo!


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